Trump está redibujando el mapa global



Hace casi 15 meses que Donald Trump juró sobre la Biblia para asumir el cargo de presidente de los Estados Unidos de América, el país económica y militarmente más poderoso del mundo, que hoy tiene a los habitantes del planeta Tierra frente a las pantallas de televisión y de los teléfonos móviles, al pendiente de sus decisiones que, en poco más de un año, han afectado a cada rincón del mundo con conflictos comerciales y militares.

En 2016, cuando el billonario neoyorquino —con una fortuna actual de 6 mil 500 millones de dólares— hizo campaña por primera vez como candidato republicano por la presidencia de Estados Unidos, su discurso se centró en una política migratoria más estricta, el rechazo al globalismo, la crítica a los tratados comerciales y en la promesa de poner a “América primero”.

Pero hoy, en su segundo mandato, esas mismas acciones comienzan a mostrar un patrón más claro, y no se trata de episodios sueltos, sino de una lógica consistente que está orientada a redefinir la posición de Estados Unidos en el mundo, donde el principal objetivo es seguir debilitando la creciente influencia económica de China en el orbe, y sobre todo en América, bajo la consigna de hacer valer la Doctrina Monroe, proclamada en 1823 por el presidente James Monroe, que estableció la política exterior de Estados Unidos de prohibir la intervención europea en América con el lema “América para los americanos”.

El cambio es fundamental. Durante décadas, la política exterior estadounidense se construyó sobre una narrativa basada en la promoción de la democracia, el capitalismo, la globalización y los acuerdos comerciales, además del fortalecimiento de alianzas y el respeto a instituciones multilaterales como la ONU, la OMC y la OTAN.

Pero hoy Trump ha llegado como un huracán categoría 5, y ha cambiado las reglas del juego y el antiguo orden mundial, convirtiendo al mundo en un espacio de competencia política, económica, militar y estratégica, donde cada país —incluidos sus aliados históricos— defiende sus propios intereses sin intermediarios.

Bajo esta lógica, el hemisferio occidental ha adquirido una nueva relevancia. Trump ha ejercido una gran presión sobre los países del continente americano, y en esa lista están casi todos: Canadá, México, Panamá, Venezuela, Cuba, Colombia, Brasil han recibido menciones contra sus presidentes y gobiernos en las intervenciones de Donald ante la prensa, y por igual han recibido duras presiones diplomáticas y militares, pero sobre todo comerciales. Y, por el contrario, los presidentes de países derechistas como El Salvador, Argentina y Ecuador han gozado de buen trato por parte de Trump.

En el caso de México, el presidente norteamericano habla bien de la presidenta, pero a veces es duro con ella en sus intervenciones, como lo que expresó el pasado 7 de marzo, cuando catalogó a México como el epicentro de los cárteles de la droga. Trump manifestó: “Ella no debió haber rechazado mi ayuda. Le ofrecí erradicar a los cárteles y, por alguna razón, ella no quiere hacerlo. La aprecio mucho, pero ella debería acabar con los cárteles porque, nos guste o no, están gobernando México. No podemos permitir eso”.

Ante ello, Sheinbaum respondió: “Hay una condición que siempre hemos puesto, porque podemos colaborar, trabajar juntos, pero hay algo por lo que hemos luchado toda nuestra vida: el pueblo de México: soberanía, y esa no está a negociación. Que viva la soberanía y la independencia de México”. Pese al discurso oficial de la mandataria, es evidente que se han hecho concesiones al gobierno de Trump, quien tiene al gobierno mexicano amenazado todo el tiempo con la imposición de aranceles al comercio binacional.

Para México, Estados Unidos es su principal socio comercial. En 2025, las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos crecieron un 5.8% y se ubicaron en 534,874 millones de dólares, mientras que las importaciones estadounidenses hacia México subieron 1.2% y cerraron en 337,900 millones de dólares, según cifras del Departamento de Comercio estadounidense.

Y es en base a esos números que ahora, en la era Trump-Sheinbaum, la relación bilateral dejó de ser entendida exclusivamente como cooperación binacional y socios comerciales, y pasó a convertirse en un instrumento de presión económica y política.

Las presiones de Trump sobre la migración, la seguridad, los aranceles y la relocalización de cadenas productivas forman parte de una misma estrategia: integrar aún más a México a la economía estadounidense, pero bajo condiciones claramente asimétricas, donde los que reparten las cartas del juego son los “gringos”.

La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, país que concentra las reservas petroleras más grandes del mundo con 300 mil millones barriles y donde fue detenido Nicolás Maduro, líder del régimen socialista chavista que gobernaba ese país desde 1999, es otro mensaje claro de que el gobierno de Donald Trump va en serio con sacar a China del territorio de América, ya que los venezolanos vendían casi el 70% de su producción petrolera a los chinos.

El caso de Panamá se resolvió el año pasado cuando Marco Rubio visitó el país centroamericano y le dio un ultimátum al presidente para que dejara de recibir inversiones chinas o de lo contrario los Estados Unidos intervendrían para retomar el control del Canal que sigue siendo una de las rutas comerciales más importantes para los “gringos”, conectando el Atlántico con el Pacífico y por donde pasa el 5% del comercio mundial. Ante las presiones, los panameños decidieron dejar los acuerdos para inversión china en infraestructura portuaria y logística en la región.

Los casos más recientes, la intervención militar en Irán, que está poniendo presión a los precios de la gasolina a nivel mundial; y las presiones diplomáticas y comerciales que sufre la dictadura cubana, que ya tiene sus reservas energéticas al límite y podría caer en manos de los gringos en cualquier momento; hasta donde se sabe, La Habana ya negocia con Washington una posible salida a la crisis.

En este nuevo escenario, Estados Unidos, con una inversión militar anual de 900 mil millones de dólares y un PIB de 30 trillones de dólares, busca mantener su posición dominante no a través del consenso, sino mediante la competencia directa.

Sin duda, el segundo mandato de Trump no representa simplemente una continuación de su primer gobierno. Es la consolidación de una visión del mundo en la que Estados Unidos corta el camino a China y se vuelve a convertir en el eje sobre el cual gira el orden mundial.


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