

En la historia política moderna de México no han sido muchos los líderes carismáticos que han sabido leer el pulso social y convertir el descontento en capital político. Vicente Fox fue uno de ellos en campaña, y sin duda, Andrés Manuel López Obrador, pero con una diferencia clave: pocos han dominado con tanta eficacia el arte de la demagogia como AMLO.

Desde su primera campaña presidencial en 2006 hasta el final de su sexenio, López Obrador construyó un discurso profundamente emocional, diseñado para conectar con los sectores históricamente marginados, con frases como “Por el bien de todos, primero los pobres” y “No mentir, no robar y no traicionar al pueblo”.
Su narrativa en un país que en 2018 tenía 52 millones de personas en la pobreza fue simple, poderosa y muy efectiva: un país dividido entre el “pueblo bueno” y una élite corrupta a quienes llamó “la mafia del poder”. En términos políticos y de campaña, la fórmula fue brillante. En términos institucionales y de gobierno, sus efectos siguen siendo materia de debate ahora que Claudia Sheinbaum paga las consecuencias de un sexenio basado en un modelo demagógico, ideológico y pragmático.
La demagogia es una práctica política que busca ganar el apoyo popular mediante halagos, falsas promesas y la manipulación de emociones, prejuicios y temores de los ciudadanos, en lugar de utilizar argumentos racionales o soluciones viables. Se considera una degeneración de la democracia donde el líder dice lo que la gente quiere oír para obtener o mantener el poder. Bajo esa prisma, el estilo de AMLO encajó con precisión, y sin duda puede ser considerado un demagogo.
Durante su gobierno, el entonces presidente convirtió la conferencia mañanera en un instrumento central de comunicación política. Más que un ejercicio tradicional de rendición de cuentas, las mañaneras funcionaron como una plataforma de narrativa diaria, donde López Obrador hablaba con su base social y fijaba la agenda diaria, señalaba adversarios y contestaba preguntas de periodistas afines y pagados por el oficialismo. La eficacia mediática de la famosa conferencia de prensa fue innegable y AMLO se convirtió en el centro de atención y su palabra era considerada ley para sus fieles seguidores; y por desgracia, también trajo una gran polarización del país.
Sus programas sociales, particularmente las transferencias directas, consolidaron un apoyo popular sólido. Para millones de mexicanos representaron un alivio real e inmediato. Sin embargo, la política social del obradorismo privilegió el impacto político de corto plazo, es decir, tuvieron un fin clientelar, con el objetivo de ganar elecciones y consolidar la instauración de un nuevo régimen, todo ello en lugar de apostar por ampliar las capacidades productivas de largo plazo, invirtiendo en educación de calidad, deporte y cultura, obras públicas estratégicas para tener infraestructura competitiva que hiciera más atractivo al país ante los inversionistas nacionales y extranjeros, como lo son escuelas y universidades, puentes, carreteras, puertos, aeropuertos, plantas generadoras de energía, obras hidráulicas, entre otras.
En el tema de las obras públicas, AMLO optó por hacer obras basadas en, literalmente, “sus ocurrencias”, y que no fueron sustentadas por estudios técnicos. Una de ellas fue la megafarmacia, donde se gastaron casi 5 mil millones de pesos y su efectividad ha sido nula en eficientizar el abasto de medicamentos en el país; otra de ellas fue el Tren Maya, que en un principio se dijo iba a costar 150 mil millones de pesos y al día de hoy ha costado cerca de 550 mil millones de pesos. Tan solo en 2024 generó ingresos por 275 millones de pesos: a ese ritmo, se pagará en 1,818 años. Además, ese año operó con un déficit que el gobierno federal tuvo que subsidiar, ya que incurrió en gastos por 2,837 millones de pesos.
A esa lista se agrega la refinería Olmeca-Dos Bocas, que se estimaba al principio del sexenio que se invertirían 8,500 millones de dólares y al día de hoy ha costado 22 mil millones de dólares; además de que a casi 4 años de su inauguración por parte del ex presidente AMLO, en 2025 la refinación fue de 150 mil barriles diarios de su capacidad total de 340 mil barriles diarios. También se agrega a la lista el AIFA, el aeropuerto que construyó López Obrador cuando canceló el NAIM en Texcoco. El Aeropuerto Felipe Ángeles tuvo un costo de 130 mil millones de pesos. En total, para las tres obras faraónicas de Andrés Manuel, el gobierno desembolsó cerca de 1.2 billones de pesos.
El de López Obrador fue un sexenio de pragmatismo financiero mezclado con narrativa nacionalista, que llevo al país a un débil crecimiento del Producto Interno Bruto. En campaña, el demagogo AMLO prometió que acabando con la corrupción no era necesario endeudar al país y al final logró crecer la deuda pública de 10.7 billones en 2018 a 17.7 billones de pesos al dejar el poder, un 52% del PIB.
Otro rasgo característico del liderazgo populista de López Obrador fue su relación ríspida con los contrapesos institucionales. Bajo el argumento de combatir la corrupción del viejo régimen, su gobierno impulsó cambios que, sin duda, debilitaron organismos autónomos como el INE y el Poder Judicial y logró concentrar el poder en el Ejecutivo; destruyendo así, en los últimos 3 años de su sexenio, un sistema institucional más democrático por el cual habían luchado el PAN y la izquierda, durante los últimos 40 años en el país.
México está ahora en una nueva etapa con Claudia Sheinbaum, y cada día salen a la luz los excesos del sexenio obradorista, las mentiras, la corrupción y cómo sí traicionó al pueblo, aunque lo disfrazó con su demagogia. Las pruebas están a la vista: AMLO invitó a los de la mafia del poder a su movimiento, debilitó a las instituciones autónomas, polarizó al país, gastó sin control, abrazó a los criminales, endeudó a México, la gasolina y la luz no bajaron, el PIB no creció, el contrabando se permitió, el huachicol fiscal es una prueba de ello, y sin duda dejó un país dividido y polarizado.
Su demagogia y populismo no dejaron un México más fuerte, sino un país más vulnerable socialmente y económicamente más frágil después de su paso por la Presidencia. Hoy Claudia paga la “cruda” de la “borrachera” de Andrés Manuel, y sin duda tiene que, poco a poco, unir al país y regresarlo al rumbo de las instituciones. El tiempo dirá si lo logra y lo escribiremos en esta página.

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